AMOR Y EXILIO EN LA ENEIDA

María Luisa Acuña

Dido y Eneas son una de las parejas de amantes que más simpatía han despertado en todos los pueblos y en todas las épocas. Su historia de amor y exilio empieza en el Libro I, está contenida en el Libro IV, se recuerda en el Libro VI y desaparece de la obra en el Libro XI. Virgilio diseña la exposición del poema en los primeros siete versos. Allí está presente, sin nombrarlo, su héroe, Eneas, diseñado con tres adjetivos, suficientes para señalar la distancia que hay entre el héroe homérico y el suyo:

Arma virumque cano... “Canto a las armas y al varón que huyendo del destino (profugus fato), vino el primero desde las costas de Troya, a Italia y al litoral lavinio; muy combatido (iactatus) por tierra y por mar a causa de la violencia de los dioses y la ira memoriosa de la cruel Juno; mucho sufrió (passus) también en la guerra hasta que fundara la ciudad e introdujera sus dioses al Lacio, de donde vienen la raza latina, los senadores albanos y las murallas de la soberbia Roma.”

Este héroe, fundador de la raza latina, viene huyendo del destino, es un fugitivo errante. Es combatido, golpeado (iactatus) por la violencia de los dioses, especialmente la ira rencorosa de Juno. Y sufre mucho en las guerras (passus) hasta que pudiera fundar la ciudad e introducir sus dioses al Lacio. Esta última parte destaca la misión civilizadora de los romanos: conderet urbem, fundar ciudades, y también inferretque deos Latio, llevar sus dioses al Lacio: ésa era la misión que el fatum señalara a Eneas. De esta manera, Virgilio dice en siete versos el contenido y significado de la nueva epopeya que está creando.

Sigue el relato de la tempestad, armada por Juno y Eolo, que hace naufragar los navíos salvados de la destrucción, en la costa de Libia. Amanece y Eneas va a explorar para saber qué pasó con sus compañeros y dónde se encuentran, cuya es esa tierra. Encuentra a su madre, Venus, en traje de cartaginesa, quien le informa dónde están.

Explica a su hijo que están en el reino púnico, gobernado por Dido, quien vino de Tiro en Fenicia, fugitiva de su hermano Pigmalión, ambicioso asesino de Siqueo, rey y esposo de la errante Dido. Ella tuvo un sueño donde el rey asesinado le descubrió el crimen del cuñado y le aconsejó una fuga veloz, llevando las riquezas del reino, a los fieles seguidores y a sus dioses. La navegación fue difícil, finalmente llegaron a la costa de África, donde fundaron Cartago, por otro nombre, Byrsa, cuero de toro.

Virgilio hace encontrarse -anacrónicamente- a sus héroes en un tiempo y un espacio; ambos tuvieron experiencias similares:

Dido                                Eneas

fracaso.                                      un fracaso.

también a su patria.

colegio en Chipre.                           puerto que toca.

funda Cartago.                              Cartago.

Ambos han sufrido la personal e intransferible experiencia de perderlo todo, hogar, patria, esposo/a. Se han visto en la situación del fugitivo, del que huye a pesar suyo, a pesar del sentimiento de amor a la tierra patria -llamado autocthonía-. Son desterrados, desposeídos que deben sobrevivir a pesar de todo, y empezar de nuevo, contando con su amor a la vida y la fe en sus dioses, a los que ambos veneran y rindieron culto durante su viaje.

Dido está más adelantada que Eneas en sus trabajos, ella ya tiene el sitio edificándose -por eso mostrará al héroe sus obras-, instalados a sus dioses y es una conductora de su pueblo sin haber perdido su belleza y femineidad, como lo destaca Virgilio; ofrece hospitalidad, pero lo hace “vultum demissa" como la época lo pedía, sin mirar a los ojos de sus interlocutores.

Es que las desventuras de Eneas le han recordado las suyas, se compadece y ofrece su apoyo incondicional.

La primera visión que tienen el uno de la otra, señala, explica el amor que se enciende en ambos: Eneas termina de oír la historia de Dido, narrada por su madre Venus, ella lo oculta en una nube y esparce belleza sobre su hijo. Dido avanza, rodeada de su cortejo, espléndida, tan bella como Diana rodeada por sus oréadas; majestuosa reina de Cartago; mujer en el esplendor maduro de su ser. Venus disipa la nube y Eneas, varón -también en la medianía de su edad-, héroe resplandeciente y apuesto, no sólo por las armas que le forjara Vulcano, sino también por ser el hombre que ha soportado el desposamiento de todo y se ha mantenido incólume.

Estaban ambos destinados a enamorarse, aunque las diosas Juno y Venus no hubieran urdido la trama que los perdería. Ellos, personas plenas de humanidad, desterrados, habrían intentado hacer un camino juntos.

Durante el episodio de la cacería interrumpida por una tormenta que obliga a Dido y Eneas a refugiarse en una caverna, ella cree haberse casado con la presencia de Himeneo y Juno; él no ve nada, porque se lo impide Venus. La enamorada reina cree haber recuperado una familia y un compañero digno del reino que está edificando: se dedica al héroe troyano con la ternura de una esposa, le muestra las riquezas de Cartago, las obras públicas en construcción. Pero Eneas sigue siendo el desterrado, el que no hizo todo el camino hacia la meta prometida. Su sentimiento, magníficamente expresado en el v. 90 del Libro I, cuando en medio del mar proceloso extiende los brazos mirando al cielo mientras dice: O terque, quaterque beatos... “Oh una y mil veces felices aquellos a quienes les fue permitido morir ante los ojos de sus padres, bajo las murallas de Ilión”: este es un threno de cuño helénico, por la muerte de Héctor, ante la mirada atónita de Príamo y Hécuba, herido por las armas de Aquiles, vengador de Patroclo, y el terrible episodio con los despojos del héroe troyano atado a su carro vencedor, y el conmovedor momento del anciano Príamo arrodillándose ante el matador para suplicarle devuelva el cuerpo de su hijo para celebrar sus exequias. Todo esto evoca el verso virgiliano para encarecer el dolor del desterrado, quien preferiría la más cruel muerte en su patria a ser un sin tierra a merced de las fuerzas de la naturaleza.

Otro verso de igual valor está al comienzo del Libro II, cuando Dido pide a Eneas narre de nuevo la caída de Troya; él responde: Infandum, regina iubes renovare dolorem (...) “Me ordenas, reina, renovar un dolor imposible de expresar”. Es, sin duda, el dolor del exiliado, único, intransferible, punzante a toda hora.

Y en los momentos de soledad en Cartago, seguramente Eneas mira el mar como a un camino que aún falta recorrer, puesto que ellos, los troyanos, no han alcanzado aún la tierra donde deberán volver a empezar como en una patria nueva.

Virgilio pone en marcha el deus ex machina, y Mercurio se le aparece a Eneas recordándole su misión olvidada y el apremio de Júpiter. Sin embargo, aunque no hubiera mediado este dios, el exsul, desterrado Eneas, habría decidido partir con sus huestes. Al principio decide huir sin ser visto; pero nada se oculta a la mujer enamorada, y empieza el pasaje del abandono, las súplicas, los reproches, las palabras iracundas que suenan a maldición para el futuro romano. Este es el meollo del Libro IV, la ruptura de un amor apasionado entre dos criaturas sin patria, ni hogar. El monólogo final de Dido anuncia su muerte y revela su ternura maternal defraudada:

Saltem siqua mihi de te suscepta fuisset/ ante fugam soboles... “Si antes que me abandones a lo menos me hubiera nacido un hijo tuyo, si viera en mi palacio retozar un Eneas pequeñuelo que en su rostro los rasgos del tuyo reflejase, no, no me sentiría burlada y sola por completa” (IV, 327 ss).

Pero la partida de los troyanos se cumple y, lejos ya de la playa, miran el resplandor de la hoguera donde muere Dido.

A Eneas le falta cumplir el fatum que Virgilio anticipara en los 7 primeros versos del poema: (...) dum conderet urbem inferretque deos Latio... “fundar la ciudad e introducir sus dioses al Lacio”. Antes debe bajar al Hades para tener la revelación de su padre Anquises; cuando desciende y recorre los sitios infernales, al llegar a los Campos Llorosos con veredas rodeadas de mirtos, Eneas ve a Fedra, Pasifae, Laodamía, y entre ellas, a la fenicia Dido “abierta aún en su pecho la reciente herida”; Eneas ut primum iuxta stetit, agnovitque per umbram/obscuram... “apenas llegó junto a ella la reconoció entre la sombra oscura, cual vemos o creemos ver la luna nueva alzarse entre las nubes...”, último tributo de Virgilio a la belleza de Dido: brilla entre la sombra oscura como la pestaña de luz que es la luna nueva en el cielo de la tarde. El espectro de la reina suicida brilla levemente, como la frágil luna nueva es promesa y esperanza en el cielo de la tarde. En este pasaje del Libro VI las protestas de amor fiel sólo obediente al mandato cruel de los hados que formula el troyano, quedan sin respuesta.

Cuando ya está cumpliéndose la misión del desterrado, están por terminar las luchas por el territorio nuevo, muere a manos de Turno, Palanteo, joven hijo de Evandro, rey aliado de Eneas. Ante sus despojos, el jefe troyano sufre pensando cómo notificará al anciano Evandro la muerte de su único hijo. Entonces recuerda las dos túnicas púrpura que Dido bordara en oro resplandeciente como regalo para él, en otro tiempo feliz. Prendas que Eneas había conservado por años desde Cartago hasta ese final de luchas, y decide amortajar al adolescente con una de las bellas túnicas queridas, a modo de despedida del gran amor que tuvo en su momento de mayor desamparo, cuando naufragó en la costa africana. Este es el último lugar en que se nombra a Dido. Eneas, a punto de luchar contra Turno, vencerlo y posesionarse definitivamente de Italia, se despide del recuerdo de aquella mujer a quien también él supo querer, reconociendo en ella a la fugitiva y desterrada mujer, fuerte en su fragilidad; pero capaz de conducir a un pueblo, crearse una nueva patria.

Así narró Virgilio el romance de estos dos desterrados. Los lectores lo acogieron con admiración y simpatía. Estando aún vivo Virgilio, el Libro IV de la Eneida era uno de los más leídos y requeridos; se lo llamaba “El Libro de Dido”, “La Tragedia de Dido”. Autores contemporáneos de Virgilio recrearon a la heroína fenicia, como Ovidio en sus “Heroidas”, cartas de mujeres a sus enamorados. Ovidio hizo a Dido escribir una epístola a Eneas con una despedida feroz, desea morir y con ella que muera, si acaso había concebido, la criatura en su vientre. Es raro que Ovidio, fino conocedor del alma femenina, traicionara a Dido e ignorara los versos 327 y ss. del Libro IV con el lamento de Dido.

La historia de Dido y Eneas fue imitada, recreada, copiada, una y otra vez a través de los siglos, en el arte, la literatura, la música. Los pintores representaron a Dido junto a Eneas en su tiempo de felicidad, o separadamente al uno y a la otra en trances de dolor; los escritores escribieron romances, cuentos, novelas breves con estos héroes. Los músicos se inspiraron en ellos; hay dos óperas especialmente admiradas por el público: “Dido y Eneas” de Purcell, quien recuerda a Dido a punto de quitarse la vida, diciéndole a su hermana: “Tú que me acompañaste en el exilio, hermana, cuando yazga en tierra sepultada, recuérdame; pero olvida mi destino”. La otra ópera es “Los Troyanos” de Berlíoz, quien interpreta cabalmente el sentimiento de los desterrados, Eneas y sus soldados, cuando deciden volver a navegar en busca de esa Italia aún lejana. Más que el llamado de Mercurio, en la obra, es la protesta de los soldados troyanos, a toda hora recordándole a su Jefe que Italia los espera todavía, que deben partir de Cartago.

El héroe de Virgilio poseía características similares a los de la Ilíada: coraje, piedad hacia los dioses, sabiduría en el consejo; pero en la vida cotidiana, en la acción, cuando habla de sí mismo en los Libros II y III con Dido como oyente principal, Eneas traza un retrato de sí mismo, habla en primera persona. En la noche de Troya, en el momento de introducir el caballo de madera, él no domina los acontecimientos, está confundido como los demás, interpreta mal el presagio de las serpientes que matan a Laocoonte; aún no tiene ningu na responsabilidad particular en la ciudad; pero cae la noche y ve en sueños a Héctor que le revela el peligro. Héctor lo ha elegido como a aquel, que puede, solo, salvar lo que pueda ser salvado. Eneas se siente investido de una tarea sagrada, salvar del pillaje a los Penates. Despierta, toma conciencia de la situación, y en un estado de extravío, de cólera, de pánico, se refugia en la acción, porque tiene conciencia de haberse convertido en el jefe de algunos compatriotas, para asegurar la sobrevida de la ciudad: Venus se le aparece y le hace ver la destrucción de Troya de Neptuno, como castigo al perjurio de Laomedonte. Los presagios lo confirman como jefe de un pueblo a la búsqueda de una tierra; es el intermediario elegido para comunicar lo divino con lo humano. Eneas tiene una misión sagrada; esto en el plano de lo simbólico, porque continúa siendo un hombre y como tal sufre el dolor del desterrado, experimenta la añoranza de su tierra, la nostalgia del pasado. Así se queja “Una y mil veces felices... ” o “Me mandas, reina renovar un dolor indecible.”, abandona Cartago para llevar a sus compatriotas en pos de la nueva tierra que dará fin a sus tan dolorosos destierros.

Dido es el nombre que Virgilio da a la reina fenicia Theiosso, nombre traducido al latín como Elissa, cuya historia narraban historiadores como Timeo de Taormina y Dionisio de Halicarnaso. Virgilio la bautiza Dido de una raíz semítica NDD, que significa “la fugitiva, la errante”, sinónimo de “desterrada”, exsul, exiliada. Ella, aunque lejana al tiempo de Eneas, era la mejor compañera para el héroe: ambos desterrados, ambos decididos a ganar nueva patria y ambos enamorados de la vida.

San Salvador de Jujuy, 10 de octubre de 2012