LAS COSAS QUE LES PASAN A LAS ESCRITORAS

Angélica Gorodischer

Lo primero de lo primero es lo más importante y consiste en decirles a ustedes que estoy más que contenta de estar en Jujuy, con tanta gente amable y cariñosa que me trata tan bien. Sinceramente, me parece que no lo merezco. Sí, es cierto, he escrito algunos libros, he dado algunas charlas, esas cosas que hacen las escritoras y de las cuales, si me animo, les voy a hablar dentro de un ratito. Eso sí, Jujuy me parece una preciosa ciudad y ustedes son un encanto y me alegro de conocerlos y les agradezco que hayan venido a escucharme. Pero antes de hablar de escritoras les quiero decir que no se hagan muchas ilusiones. Como les dije antes, no sé si merezco que me tomen muy en serio. Los libros, sí; algunas actividades conexas, sí. Pero yo no soy docente ni soy licenciada ni soy doctora ni soy, qué sé yo, no soy nada, porque aunque frecuenté la Facultad de Filosofía y Letras de Rosario en cuarto año me dije: ¿Qué estoy haciendo acá? Yo no quiero enseñar literatura, yo quiero escribirla. Pretenciosa, ¿no? De modo que como no tengo títulos ni importantes ni de los otros, ésta no va a ser una clase magistral ni mucho menos y además pretendo que ustedes también trabajen un poco, así que prepárense a hacer preguntas, observaciones, críticas y lo que se les dé la gana y yo les voy a contar algunas cosas que creo que nos pasan a las escritoras.

Ahora, ¿cómo fue que se me ocurrió a mí elegir este oficio de poner por escrito cosas que no les sucedieron nunca a gentes que no existieron jamás? La culpa la tuvo la lectura. La lectura, porque las escritoras nacemos de las lectoras así como los escritores nacen de los lectores. Sí, lectura, pero lectura intensiva e incansable, ¿eh?, no una novelita de vez en cuando y tres sonetos alguna vez y una crónica por ahí. No. Lectura maníaca, obsesiva, omnívora, extremada, honda, ilimitada. Sin lectura no aparece el oficio de la escritura. Sé lo que les digo, porque a mí me pasó y me sigue pasando.

¿Cómo fue? Fue que cuando yo era chiquita, ayer nomás, bueno, anteayer, en la casa de mis padres había libros. Había una biblioteca, estantes con libros ordenados y prolijitos que mi mamá o mi papá sacaban de a uno para leerlos. Tenían gustos distintos, pero leían libros con placer. Y los críos aprenden de ahí, de lo que ven y sienten a su alrededor, y para enseñarles algo no hay como los ejemplos. Así que para que la nena lea no sirven las admoniciones bienintencionadas de “Nena, vení que te toca la media hora de lectura”. La nena dice ¡ufa! y masculla cosas peores y siente que eso de la lectura es una obligación y

toda obligación es un castigo y ahí sonamos: la nena va a rechazar siempre la lectura y se va a prender del programa de Tinelli y de la revista "Caras", esa de la que las señoras dicen yo la leo solamente en la peluquería.

Volvamos a mi casa de la infancia. Mi mamá leía literatura y filosofía y mi papá leía cuentos camperos y gauchescos y hasta recitaba parrafadas del Fausto Criollo, de Martín Fierro cómo no, el Santos Vega y lo de Hilario Ascasubi. Y la nena, yo, miraba y se preguntaba qué era eso y como no sabía leer sacaba los libros de arte para mirar lo que llamaba “las figuritas”. Alrededor de las cuales inventaba historias, ah sí, porque mi mamá me contaba cuentos. Entonces yo me contaba cuentos alrededor de la Duquesa de Alba, del desembarco de Cleopatra, de la balsa de la Medusa, de la cabeza de Holofernes en una bandeja que Judith llevaba en sus manos ensangrentadas.

Ahora comparto con ustedes un secreto terrible que les he confiado solamente a quienes están muy cerca de mis afectos. Prepárense porque es pavoroso: yo todavía me cuento cuentos. Sobre todo antes de dormirme. Pero eso no es nada: los cuentos que me cuento son malísimos. No sirven para nada. Son tontos, romanticones, convencionales, previsibles y, lo peor de todo, moralizantes. Un horror, pero me son muy útiles, supongo que porque mantienen encendido el fuego de la narrativa ya que nunca he escrito poesía ni teatro ni ensayo. Yo, sólo narrativa y nada más que narrativa.

Y a los cinco años me pasó una de las dos cosas más importantes que me pasaron en la vida: aprendí a leer. No me pregunten cómo, porque no me acuerdo de cómo fue, y en la familia hay varias opiniones y yo no me creo ninguna. La cosa fue que aprendí a leer y un día, de esto sí que me acuerdo perfectamente, un día dije “acá dice Láminas Billiken” y a mi mamá casi le dio un infarto, de modo que me puso bajo los ojos algunos textos y sí, yo leía. Para prevenir el infarto mi mamá me llevó junto a la biblioteca, señaló un estante y me explicó que esos no eran libros para niñas, no, no, de ninguna manera, y que yo ya los iba a leer cuando fuera grande. Y como ella confiaba en la sinceridad y la obediencia de sus hijas, dejó los libros en donde estaban y me dijo que no los tocara.

No les voy a proponer que adivinen porque es tan fácil: en cuanto mi mamá salió de la habitación yo empecé a sacar los libros prohibidos y con el tiempo leí uno, otro y otro y así. ¿La verdad? No entendí nada. Pero la cuestión no era entender. La cuestión era leer, así que me daban lo mismo Pinocho que El Amante de Lady Chatterley y a los dos los leí con fruición. Al amante de la lady tuve que leerlo después, cuando ya que una aristócrata se acostara con el jardinero no impresionaba a nadie.

También leí otras cosas. Yo era una chica solitaria y no me gustaban las muñecas y nunca me han gustado los simulacros, los maniquíes, los títeres, las máscaras africanoides que son espantosas y que cuelgan en los lugares más inesperados. De modo que leía. Lo que viniera, lo que fuera, estuviera en donde estuviera. Leía, leía, leía.

Y, esto sí lo recuerdo, tirada de panza sobre la alfombra del living estaba leyendo “Las Minas del Rey Salomón” que, por supuesto, me transportaba al mundo de las selvas y los tigres y los tesoros escondidos, y de pronto me dije a mí misma “esto es lo que yo quiero hacer, esto es lo que quiero escribir”. Y creo, de veras creo, que en ese momento me recibí de escritora. Porque “Las Minas del Rey Salomón” ya estaba escrito, de modo que supe que iba a escribir otras cosas, cosas que, siguiendo con mis pretensiones, hicieran felices a las gentes que me leyeran.

Claro, cuando me recibí de escritora no tenía idea del berenjenal en el que me estaba metiendo. Yo iba a escribir libros, libros de aventuras, de terror, libros emocionantes que hicieran felices a quienes los leyeran y por el momento eso era todo lo que me importaba. Como sueño está muy bien. Como proyecto de vida también. Y la verdad es que desde muy chica empecé el camino de las escritoras y me fui enterando de muchas cosas.

Lo más urgente era saber qué diablos iba a escribir. Eso lo resolví enseguida: aventuras, muchas aventuras de gente maravillosa que hacía cosas maravillosas. Facilísimo: sólo había que ponerse a escribir. Y en ese momento a mi papá se le ocurrió la gran idea de regalarle a mi mamá una máquina de escribir que fue una Underwood semiportátil en la que aprendí, bueno, no puedo decir que aprendí mecanografía, pero aprendí a teclear y a formar palabras. Listo. Qué más se podía pedir. Muchas cosas se podía pedir, pero yo todavía no lo sabía.

Escribí cuentos muy realistas, muy ingenuos, muy imperfectos pero que a mí me parecían buenos y en algunos casos excelentes. Esta soberbia me sirvió muchísimo porque gracias a ella no me desanimé y seguí insistiendo y tecleando en la Underwood.

Pero como dijo George Bernard Shaw, a los siete años tuve que abandonar mi educación para entrar a la escuela. Después vino la secundaria, la rebelión adolescente, alguno que otro novio, peleas con la mamá, con el papá, con el mundo en general. Pero yo seguía escribiendo, aunque ni se me pasaba por la imaginación eso de publicar lo que escribía.

Y a los veinticuatro años me sucedió la otra cosa sensacional que me dio la vida: me casé con Goro. Y tuvimos dos hijos y una hija. Y Goro era profesor universitario y yo era bibliotecaria y cuando Simone de Beauvoir dice que si una mujer quiere ser escritora tiene que vivir como una monja de clausura, yo la entiendo, sé lo que me está diciendo, pero no estoy de acuerdo con ella. Estoy de acuerdo con ella en muchísimas cosas, pero no en esto de la monja. Si, ya sé, ella no vivió como una monja de clausura y la pasó fantásticamente bien. Pero a lo que doña Simone se refería era a otra cosa: hablaba de la vida familiar y doméstica.

Lo que ella decía era que una mujer que quiere ser escritora necesita todo su tiempo para escribir. Porque, y esto parece una tontería pero no lo es, si alguien quiere escribir, tiene que escribir. He leído lo que dice al respecto un señor mucho más importante que yo y que es una verdad como un templo: si alguien dice que quiere escribir y no escribe, no quiere escribir.

Excusas hay muchas pero señora, señorita, ¿usted quiere escribir? Entonces, ¿qué está haciendo acá? Vaya rapidito a su casa, siéntese frente al escritorio y escriba.

Efectivamente, una mujer necesita, lo mismo que un varón, todo su tiempo para escribir. Cuando hay que atender una casa, un marido, aunque sea tan generoso, estimulante y comprensivo como el mío; tres, dos, uno o varios chicos (el colegio, la ropa, el pediatra, los juegos, los accidentes domésticos, las preguntas, las peleas entre hermanos, los problemas y dolores que sienten los críos en la infancia y que vaya si los sienten), cuando hay que tener eso en cuenta durante todo el día y parte de la noche, la vida se pone difícil y más si agregado a todo eso una tiene un trabajo fuera de su casa como lo tuve yo.

Por eso suelo decir y parece puro voluntarismo pero es pura experienci a, “es duro pero se puede”.

No estoy diciendo que los varones la tienen más fácil. Para empezar, que un muchacho les diga a sus padres “quiero ser escritor”, o peor “quiero ser poeta”, despierta inmediatamente el rechazo “¿y vos te creés que vas a vivir de eso?” Y si ya está embarcado en el oficio, no puede decir por ahí “soy poeta” o “soy escritor”, porque en el mejor de los casos le preguntan “¿y en qué trabajás?”, y en el peor, en fin, dejémoslo pasar. Lo que quiero es en este momento dejar eso bien aclarado: no es que a la minas nos vaya fatal y a los tipos les vaya regio, no es que ellos se pavoneen en los bailes de gala y nosotras suframos tiradas en un rincón, rincón al que además tenemos que barrer, plumerear, encerar y lavar los vidrios de la ventana. No, no es eso. Ellos también tienen sus dificultades, pero nosotras pagamos IVA.

Y cuando me hablan de las dificultades que tenían Proust y Kafka para escribir, yo digo “sí, es cierto, pero la mamá les planchaba las camisas”, y en el caso de don Marcel hasta le entibiaba las sábanas y las mantas con esos artefactos de cobre como una sartén con tapa dentro del cual se ponían brasas. Ellos y todos los escritores tienen además las mismas dificultades, problemas, dudas que tenemos las escritoras. Eso no es algo que nos pase solamente a nosotras. Eso es algo que le pasa a cualquiera que pretenda escribir. Pero, como espero que se vaya viendo, nosotras tenemos nuestra cuota de situaciones problemáticas de las que vamos saliendo como podemos. Las hay que no pueden de ninguna manera: Alfonsina Storni, Sylvia Plath, Martha Lynch, Alejandra Pizarnik, Virginia Wolf y siguen las firmas.

A menos que una escriba libros de autoayuda o novelas románticas a más no poder, ahora con un poco o un mucho de historia y de pasajes altamente eróticos, con lo cual una gana siete millones de dólares en tres días, o a menos que de repente le den el Premio Nobel, escribir no ha sido nunca una actividad prestigiosa cuando la ejerce una mujer, aun cuando en estos tiempos ya podamos alardear de cierto glamour intelectual.

Véase si no lo que me pasó con una editorial sumamente progre y que no dejaba de establecer lo desprejuiciado de sus ediciones y el lugar que detentaban cercano a las izquierdas, la defensa de los desposeídos, la lucha p or los derechos humanos y así por el estilo. Siempre ha sido así con esta gente y yo creo que son muy respetables. Pero... un buen o mal día publicaron una antología de varios autores de tres siglos, el XX, el XIX y el XVIII. Todos señores. Ni una señora. Me enojé, les escribí o los llamé por teléfono, no me acuerdo, y les dije que me extrañaba que hubieran metido semejante pata. Siempre me he llevado bien con ellos así que podía darles mi opinión sin tapujos. Me dijeron que sí claro, que yo tenía razón, y que ellos habían pensado en poner algo de Marie Curie y de Frida Kahlo. Les dije “¿no ves que ustedes son unos machista de cuarta? Conocen a las señoras que salen en las revistas dominicales y pará de contar” (con todo respeto y toda admiración por Mme Marie y la maravillosa Frida). Y les hablé de las escritoras invisibilizadas. Me propusieron que hiciera yo una antología de escritoras. Cosa que hice pero no de tres siglos sino de diecisiete, sí, de diecisiete siglos.

¿Ustedes saben quién fue Vibia Perpetua? ¿No? ¿Cómo que no? Se me ponen a estudiar, ¿eh?, y vengo dentro de una semana y les tomo la lección. No, en serio, a Vibia Perpetua se la comieron los leones, no en la selva africana sino en el coliseo romano, por haberse convertido al cristianismo y haber escrito la "Passio". La "Passio" es, como ella misma lo dice, "el relato de mis tribulaciones" y no se la puede leer sin que se le cierre a una la garganta. Y por favor no le lleven el apunte a San Agustín que pensaba que las mujeres eran cómplices del maligno, una molestia y un error del Creador. San Agustín se permitió decir que la "Passio" era "uno de los muchos ejemplos de quejas de mujeres que van a morir". En fin. Eso fue en el siglo III después de Cristo.

En el siglo IV el ejemplo que elegí fue el de Paulina, que no era una mujer importante. En realidad ninguna mujer era importante en ese tiempo y si esto parece una exageración no hay más que echar una mirada a un texto fundamental: "Un mundo sin mujeres" de David Noble. Paulina era sólo una mujer que había perdido a un esposo bienamado y que para llorarlo escribió poemas conmovedores. Irónicamente pasó a la historia gracias a San Jerónimo (nunca lo lean a San Jerónimo si no quieren amargarse hasta el caracú), nada menos, adalid del mundo sin mujeres, que se burló de ella porque no era cristiana, en una forma que Peter Dronke califica de "repugnante".

No los voy a abrumar con las listas de escritoras de diecisiete siglos. Pero sí les voy a decir que el comentario más frecuente que recibí fue la frase siguiente: "¡Pero cómo! ¿En la edad media había escritoras?" ¡A la flauta si las había! Y algunas fueron estupendas y merecen un lugar de privilegio en las historias de la literatura. ¿Ustedes han leído algo de alguna? Bueno, sí, Sor Juana Inés, pero Sor Juan Inés es de antes de ayer, y se puede hablar del siglo V del siglo XII, de cualquier siglo, y encontrarlo poblado por escritoras.

Pensemos, por ejemplo, en la novela. El género novela no es muy antiguo. Se dice que la primera novela moderna fue el Quijote. No hay duda de que el Ingenioso Hidalgo es extraordinario ni de que don Miguel de Cervantes y Saavedra merece el pedestal en el que está cómodamente sentado. Pero la primera novela moderna, el primer ejemplo de ese nuevo género, se escribió en el año mil y la escribió una mujer, Shibuko Murasaki. Es una novela río y se titula "Genji Monogatari". Y el Quijote, si bien no es la primera novela moderna, es sin duda su culminación genial.

Es cierto, doña Shibuko era una dama de la corte y por lo tanto sabía leer y escribir, estaba bien visto que una dama escribiera, sobre todo poemas y a veces teatro, pero ella inventó un género nuevo, la novela. Sí, se puede leer. Hay traducciones al inglés, al francés y supongo que a otros idiomas. En castellano no está completa pero hay partes editadas que dan una idea de la obra general. Tiene cosas geniales, tan modernas que no se puede creer, como cuando ella, no la dama de la corte sino la narradora, entra en la novela y cuenta algún detalle cotidiano: "y ahora dejo porque estoy cansada y me duele mucho la cabeza". Es decir, le está diciendo a quien lee "señoras y señores, esto que ustedes están leyendo no es la vida real, es un producto de mi imaginación y de mi destreza con el lenguaje; la vida real es que me duele la cabeza y estoy cansada". Mucha agua debió correr bajo los puentes y muchos libros pasar entre las manos de los lectores para que alguna vez alguien dejara semejante mensaje.

Bueno, y en el siglo XIV Christine de Pizan escribe el primer texto feminista que se conoce. Y en el siglo XVIII Aphra Behn se gana la vida escribiendo novelas. Su propia vida es una novela en la que suceden cosas extraordinarias e impensables para su tiempo, pasa una temporada en la cárcel acusada de espionaje, viaja, cambia de nombre, escribe novelas exóticas, qué sé yo, y así seguimos de escritora en escritora hasta que en los siglos XIX y XX en este país Juana Manuela Gorriti, Victoria Ocampo y tantas otras se hacen oír, se dejan ver, arman sus escandaletes y ponen fin a la invisibilidad de las escritoras.

Lo cual no quiere decir que estemos recostadas en un lecho de rosas. Todavía nuestros amados hermanos y colegas piensan allá en el fondo de sus almas que las mujeres escribimos novelas sentimentales, llorosas, con énfasis en cosas sumamente femeninas como la menstruación, el embarazo, el parto y el erotismo femenino, multiorgasmo incluído. Todavía una gran parte del público lector espera encontrar en la novela de una mujer la sensibilidad, la desdicha, los amores frustrados, la suave aceptación hasta la derrota final cuanto más cruel mejor. ¿Y quieren que les diga algo más? Nuestros colegas varones casi no nos leen y pongo el casi para suavizar la afirmación. Leen la novela de una mujer cuando son amigotes de la autora y si no, bueno, es que están muy ocupados, pero te aseguro que la semana que viene tengo un par de días libres y la leo y te cuento lo que me pareció. Y si no nos conocen personalmente, pues nada.

Y no sé si no los comprendo. Cuando una (yo) tropieza con una novela gorda así de una señora o señorita que, en fin, llena sin vacilaciones todos los estereotipos, los comprende. Así que para librarse de los novelones históricos con caciques y cautivas y tragedias y finales felices y por si acaso, no nos leen. Cuidado, no me juzguen demasiado mal, no estoy metiendo a todos en la misma bolsa. Hay algunos tipos excepcionales que incluso pelean en nuestro nombre, bienvenidos sean. Y quiero recordarles aquí que en los Encuentros internacionales de escritoras que se hicieron en Rosario, se les dio un premio a aquellos varones desprejuiciados que habían hecho algo por las escritoras. Es decir no se trata de discursear “las mujeres son maravillosas, yo las admiro tanto”, etc., sino de haber hecho algo contante y sonante. El premio consistía en el nombramiento de Mujer Honoraria, que se les dio a Fernando Chao, a Mempo Giardinelli, a Manuel Antezana. Y bien orgullosos que están de semejante distinción.

Para terminar les dejo una frase ya no de doña Simone sino de doña Virginia: “No es que los hombres escriban sobre la guerra y las mujeres escribamos sobre bebés: es que cada género escribe sobre sí mismo".

Pensémoslo.

Jujuy, octubre 2012.