Año 1NS1

ISSN 2362-2865

t JorruaUr^ Revista científica de estudios literarios y lingüísticos

DOS CRONISTAS DES-UBICADOS DE LA MODERNIDAD: ROBERTO ARLT Y ALFONSO HENRIQUES DE LIMA BARRETO

Martha Barboza Sede Regional Tartagal - UNSa.

Breve introducción recordatoria

Moderno, modernidad, modernismo, modernización son términos que, más allá de los matices semánticos distintivos de cada uno, confluyen en un núcleo de sentido que tiene en su propio centro al ser humano, al espacio y al tiempo convulsionados por los frenéticos cambios que el mismo sujeto produce. Este proceso de modernización comienza, según Berman (1982), en el siglo XVI, allá en Europa, y se prolonga hasta avanzado el siglo XX (aunque todavía nadie se ha atrevido a extenderle un definitivo “certificado de defunción”, más allá de los numerosos debates y reflexiones que aseguran que la modernidad ya habría terminado).

En ese largo y expansivo desplazamiento de la modernidad, la humanidad experimenta, goza o padece una vida atravesada por un cúmulo de contradicciones y angustias, que la van a caracterizar y definir como un ser moderno. Esto es, un sujeto cuya experiencia del tiempo y el espacio, de sí mismo y del otro, de lo utópico y de lo posible supera los límites geográficos, étnicos y religiosos. Y desde ese lugar conforma un universo también ambiguo y contradictorio, nuevo y extraño, en el que todo es volátil, efímero y fugaz. Los grandes descubrimientos científicos y tecnológicos son los actores fundamentales que instalan la velocidad y la instantaneidad en eso que se llama vida, sociedad y sujetos modernos.

El espacio se transforma con la aparición de nuevos entornos humanos que desplazan y borran los antiguos. El individuo, sujeto que habita y transita en ese espacio, abandona la tranquilidad y el letargo de la vida rural y aldeana para convertirse en el “hombre de la multitud”. Su ritmo de vida se acelera, se generan nuevas formas de poder colectivo, comienzan a gestarse las luchas de clase y nuevas formas de sujeción y sometimiento. Todo esto sucede a la par de un crecimiento urbano vertiginoso y caótico y desde donde, además, emergen y comienzan a imponerse, como consecuencia de este proceso transformador, los sistemas de comunicación masiva.

En el siglo XX el proceso de modernización ya se ha expandido hacia todo el mundo y su proyecto sociocultural se impone en todas las esferas de la vida social. Sin embargo, esta expansión no es plenamente uniforme ni homogénea, pues experimenta un quiebre, una falla que genera y esparce una multiplicidad de fragmentos heterogéneamente codificados. Tal fragmentación que agrieta la pretendida solidez de un pensamiento unificador, pone en duda (y por qué no en evidencia) la (in)capacidad de organizar y de dar un sentido a la vida de los seres humanos. Así, la modernidad se convierte en un movimiento dialéctico que oscila entre el desencanto y el entusiasmo, entre la euforia y la angustia, vividos por una sociedad que acepta o condena esta nueva forma de vida.

Frente a todas estas ambigüedades y contradicciones empiezan a fundarse los relatos y representaciones que estructuran el mundo moderno con un nuevo lenguaje que intenta reordenar el caos y la confusión dominantes en ese momento. Y las ciencias físico-matemáticas se constituyen como lugar de legitimación de la verdad de la palabra y el carácter incuestionable del conocimiento. Pero también se genera, según Casullo (1989), una infinidad de líneas críticas y experiencias contestatarias a la trayectoria de tal verdad predominante. Desde este lugar, el marxismo cuestiona a esta modernidad, fundamentalmente capitalista. Y lo hace desde las fisuras, desde las zonas de silencio, que dejan entrever los discursos legitimados por el capitalismo burgués. La verdad es buscada en los sujetos que forman parte de las muchedumbres anónimas de las metrópolis y de las fábricas, en las víctimas directas del avance tecno-industrial. Desde esos espacios fragmentados emergerán los discursos que delatan un estado de situación para nada homogéneo y unificador.

En el presente trabajo se analizará de qué modo esa “onda expansiva” de la modernidad llega a Latinoamérica, iniciando también en el continente un proceso de cambio, particularmente en los principales centros urbanos. En este sentido, las crónicas se convierten en una de las formas discursivas más apropiadas para registrar este proceso. Roberto Arlt y Alfonso Henriques de Lima Barreto, uno desde Buenos Aires y el otro desde Río de Janeiro, experimentan y escriben sus ciudades deteniéndose en los pequeños acontecimientos de la vida cotidiana que comienza a transitar la modernidad. Precisamente, una lectura analítica de sus crónicas permitirá observar cómo ese proceso de modernización se va instalando, no sin resistencias, en las grandes urbes latinoamericanas.

Y un día... la modernidad desembarcó en nuestras costas

Con alguna distancia temporal, la modernidad llega a América Latina entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX. Con la presencia, todavía próxima, de las revoluciones emancipadoras, se inicia en la región un proceso de modernización continuo en todos los ámbitos socioculturales. Nuestros países reubican su dependencia frente al mercado mundial a medida que se constituyen las nuevas naciones. Instauran así un “nuevo orden colonial”, pues los proyectos políticos, económicos y culturales ideados para estas jóvenes naciones responden a los modelos europeos que, desde otros posicionamientos y con otras estrategias, mantienen, consolidan y enmascaran la relación colonizador/colonizado en los emergentes Estados latinoamericanos. Políticas que se reconocen como homogeneizadoras de una cultura productiva, industrial y campesina marginan y reprimen la barbarie que no condice con el proyecto de modernización.

Como lo afirma García Canclini (1992), esta modernidad latinoamericana se construye con la lógica del hacer como que, por lo cual es vista como una máscara. Las elites y los aparatos estatales montan un simulacro, sobre todo en las esferas del arte y la cultura. A fines del siglo XIX y comienzos del XX, las oligarquías liberales hacen como que constituyen Estados, pero lo único que logran es ordenar algunas áreas de la sociedad para impulsar un desarrollo subordinado e inconsistente. Hacen como que conforman culturas nacionales y sólo se preocupan por construir culturas de elites, excluyendo a enormes poblaciones de indígenas, campesinos y a los nuevos marginados urbanos. Estas exclusiones se evidencian en las numerosas revueltas y en las migraciones que “trastornan” las ciudades. Los populismos hacen como que incorporan a esos sectores sociales excluidos, pero su política distribucionista, tanto en economía como en cultura, no manifiesta obras estructurales y deriva en clientelismos demagógicos.

Entonces, la modernidad latinoamericana puede ser considerada como un eco diferido y deficiente del modelo original europeo, como reflejo o imitación que se esfuerza por reproducir o trasplantar algo de un paradigma nacido en otro contexto (más allá de las similitudes debidas a la colonización y de las diferencias propiamente americanas). El resultado de ese intento de imposición del proyecto moderno europeo se manifiesta, en los países latinoamericanos, a través de la yuxtaposición y entrecruzamiento de tradiciones indígenas, del hispanismo colonial católico y de las acciones políticas, educativas y comunicacionales modernas. Sin embargo, estos cambios e innovaciones que se instalan en las ciudades latinoamericanas más desarrolladas se contraponen con la situación que viven los países más pequeños.

Siendo en sí misma la modernidad un fenómeno atravesado por tensiones, cuando llega a la región se le suman aquellas propias que derivan de la condición periférica de sus países: entre lo criollo y lo europeo, lo central y lo periférico, el capitalismo avanzado y el capitalismo subdesarrollado. De modo que las contradicciones y disrupciones se profundizan en una región que ya carga con sus propios conflictos socioculturales, identitarios y políticos. No obstante, en ciudades como Buenos Aires y Río de Janeiro el proceso de modernización se vive intensamente, principalmente en los nuevos modos de vida urbanos que se imponen y comienzan a dominar en todas las esferas sociales.

Para Rodríguez Pérsico (2008), transformación, innovación, velocidad, vértigo, tradición, fragmentación, ciencia y progreso, utopías, tecnologías, medios masivos de comunicación, urbanización, multitudes, democratización, anarquismo, racionalización, subjetivación, decadencia, se combinan, yuxtaponen y contraponen en los relatos y otros discursos para hacer visible una época y una estructura de sentimientos atravesada por la euforia, la desorientación y el malestar.

Ciudad que te hiciste crónica

Ciudad/crónica/modernidad constituyen un trinomio ineludible para conocer o comprender un proceso vertiginoso de cambios y transformaciones que sujeto, tiempo y espacio experimentan frente a la modernización en Latinoamérica. Rodríguez Pérsico (2008) sostiene que tales cambios se traducen y/o convierten en relatos que obligan al escritor/periodista a instalarse en “un espacio simbólico donde se inscribe una constelación de relatos de diferentes géneros que iluminan ciertas zonas de la modernidad”.

Ciudad y crónica urbana configuran el espacio y el discurso propios de la modernidad. La ciudad es la expresión física y concreta donde se entabla la lucha entre lo viejo y lo nuevo, donde conviven la destrucción y la construcción, donde tienen lugar la transformación tecnológica y el crecimiento de nuevos modos de producción y consumo. Para Sennett (1977, citado en Heffes, 2008), es el espacio del cual emerge un nuevo sujeto: el ciudadano, pero también el que alberga a aquellos que la modernidad va desechando: los marginales. Todo esto convierte a la ciudad en el escenario de nuevos comportamientos humanos y también en una espacialidad privada que funciona como refugio de una clase social emergente: la burguesía.

La crónica urbana y el cuento policial son los géneros modernos por excelencia1, pues cada uno, desde su especificidad, registra el transcurrir de esa nueva y vertiginosa vida con la que se enfrenta el ciudadano latinoamericano. Ambas formas narrativas van tejiendo, entrecruzando y yuxtaponiendo los fragmentos, intentando dar coherencia a los pedazos de una unidad que la modernidad ha dispersado en su estallido.

Si bien el proyecto moderno pretende la representación de una realidad homogénea y totalizadora a través de un relato único que brinde una sola respuesta para algunos problemas, hay discursos que ponen en evidencia las fallas de ese relato. Este es el caso de la crónica, la cual se constituye en uno de los espacios discursivos más des-centrado, más des-ubicado con respecto a ese eje rector del pensamiento moderno. Con el interés puesto en las nuevas sensibilidades y en sujetos sociales antes ignorados, se instaura, según Salazar (2005), un proceso de ruptura sobre esa visión totalizadora de la Verdad única, que lleva consigo una concepción monológica de la cultura y su representación. En el espacio discursivo que se genera en la crónica, se comienza a señalar la importancia de la heterogeneidad y la diferencia, la multiplicidad de interpretaciones, y la necesidad de iniciar el desmantelamiento de un concepto de la realidad entendida como totalidad uniforme. La crónica, “hija no reconocida” por sus padres textuales, discurso bastardo, mestizo, híbrido, emerge de un lugar de enunciación marginal y no pretende dar explicaciones totalizadoras y absolutas de la realidad. Más bien busca aprehender el mundo actual y transferir al espacio textual las dinámicas y conflictos inherentes a ese mundo.

En este contexto, dos escritores/periodistas: Roberto Arlt (1900-1942) y Alfonso Henriques de Lima Barreto (1881-1922), dos ciudades: Buenos Aires y Río de Janeiro y dos textos de crónicas (publicadas previamente en periódicos): Aguafuertes porteñas (1993) y Vida urbana (1956)2, respectivamente. Ambos autores ocupan un espacio discursivo estrictamente moderno, como lo es el periodismo, para escribir sus ciudades y los sujetos que las habitan. Son viajeros urbanos que poseen la mirada del fláneur, y desde ella, construyen la sintaxis de las nuevas escenas urbanas. Ellos son los sujetos que se desplazan entre la ciudad que ya no es y la que todavía no es, y con sus crónicas construyen comunidades cognoscibles en la medida en que éstas se construyen discursivamente.

Si bien hay una distancia temporal de varios años entre la producción de ambos escritores, sus crónicas registran y narran los acontecimientos y cambios que experimentan sus respectivas ciudades ante el avance de la modernidad. La política, la vida literaria, las costumbres son algunas de las líneas temáticas que atraviesan sus escrituras, y funcionan como motivos para desplegar una mirada crítica hacia el presente de sus contextos 2 sociales. De ahí que sus discursos estén siempre atravesados por una actitud de denuncia y resistencia, expresadas, muchas veces con ironía y humor:

“Yo también soy candidato a diputado. Nada más justo. Primero: yo no pretendo hacer

cosa alguna por la patria, la familia y la humanidad.

Un diputado que quisiese hacer algunas de estas cosas, lo dudaría, pues, ciertamente, tendría a los doscientos y tantos espíritus de sus colegas contra él.

Así, para poder hacer alguna cosa útil, no haré nada, a no ser recibir el subsidio”.3

“¿Y a quién engaño ahora yo?

Si bien es cierto que apenas sé leer y escribir, y he hecho mi carrera gritando como un energúmeno: ¡viva el dotor!, que ladrando eso se llegaba a todas partes, un problema se plantea en mi vida de pillete redomado y de sinvergüenza suertudo, y es de determinar en qué partido puedo ingresar para ser nuevamente electo representante de ese burro de mil cabezas que se llama ‘pueblo sobreaño’”.4

En un momento de exacerbado nacionalismo y elitismo intelectual, ser un sujeto mulato o hijo de migrantes pobres, sin ninguna formación acad émica ni título de “doctor”, vivir en los suburbios de Buenos Aires o Río de Janeiro, y ser escritores de un género “menor”, implica tanto para Lima Barreto como para Arlt ocupar social y culturalmente una posición de marginalidad, de subalternidad. Son los intelectuales públicos y populares que construyen sus lugares de enunciación alejados de la academia y del discurso oficial. Aunque escriben en el marco de una estética moderna, se rebelan contra ella, y a través de su forma discursiva más distintiva, como lo es la crónica, representan las nuevas estructuras de colonización que se están imponiendo con el proceso de modernización: nuevas modas, costumbres y arquitecturas abren el juego de las contradicciones, desplazamientos y yuxtaposiciones que experimentan los espacios urbanos. Ponen en evidencia así una modernidad que implica el inicio (¿o continuidad?) de un nuevo colonialismo social, económico y cultural:

“Se respira allí una atmósfera neoyorquina; es la Babel de Yanquilandia transplantada a la tierra criolla e imponiendo el prestigio de sus bares automáticos, de sus zapatos amarillos, de las victrolas ortofónicas, de los letreros de los siete colores y de las ‘girls’ dirigiéndose a los teatros con números de variedades que ocupan los sótanos y las alturas”5

“Río de Janeiro no tiene necesidad de semejantes ‘cabezas de cerdos’, de esa torres babilónicas que van a afearlo y a perturbar sus lindos horizontes. Si es necesario construir alguna, que sólo sea permitido en ciertas calles dentro de un área convenientemente proporcional”.6

Ambos escritores/cronistas se rebelan contra un Estado-Nación que pretende instaurar un relato y una temporalidad histórica, acordes con un proyecto de modernización, prácticamente contradictorio, pues si bien está elaborado sobre la base del modelo europeo, en muchos aspectos, particularmente aquellos vinculados con prácticas culturales y urbanas, se aproxima más a la modernización norteamericana.7 Comienza así a gestarse un espacio múltiple y diverso (la nueva ciudad); en él se superponen prácticas, objetos y construcciones provenientes, principalmente, de la modernidad norteamericana. Ellos alteran y modifican el paisaje local, criollo, con la presencia transplantada de “girls", aparatos automáticos, carteles luminosos, “torres babilónicas". Y el sujeto, aún no plenamente modelado como ciudadano habitante de ese nuevo espacio, mira con desconfianza, extrañeza y hasta con cierto temor esa invasión extranjera, ajena a la cultura local. Este proceso de modernización del espacio y del sujeto pone de manifiesto las nuevas formas de interacción que la sociedad latinoamericana mantiene con Occidente, como un nuevo modo de expresión de la dialéctica colonizador/colonizado.

En sus historias, anécdotas y testimonios puede leerse la presencia aún vigente en todos los órdenes socioculturales, de una relación de dependencia o subalternidad, no ya de España o Portugal sino de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña. Relación que, por otro lado, se muestra contradictoria, pues si bien hay un rechazo o negación de lo nuevo que representa la modernización, también es notable, particularmente en Lima Barreto, un aferramiento o defensa a algunas modalidades provenientes del régimen colonial anterior. En el caso de Arlt, esta actitud es aún más ambigua, ya que mientras en algunas circunstancias se muestra eufórico y condescendiente con las transformaciones urbanas que experimenta Buenos Aires, en otras, su actitud es de nostalgia y revalorización de la Buenos Aires aldeana y barrial:

“En cambio, estos pueblos... Uno va por sus calles como si fuera el inquilino de la pequeña ciudad. Solo. Nadie lo empuja, no hay círculos de papanatas, ni vigilantes en las esquinas. Se puede pensar, se puede reír solo”.8

Las crónicas de estos escritores constituyen documentos o relatos de época que permiten completar o llenar vacíos dentro de la historia cultural latinoamericana. Son discursos contrahegemónicos, pues escriben esas temporalidades históricas marcadas por la heterogeneidad de las experiencias vividas por los sujetos sociales que no forman parte del tiempo homogéneo del relato dominante. Son los nuevos “bárbaros” de la modernidad, esos sujetos desconocidos que “representan una clase social ‘amorfa' que crece en un espacio que, al mismo tiempo, se resignifica. La ciudad moderna, de esta forma, se reorganiza alrededor de este nuevo grupo social”. (Heffes 2008: 12-13)

Estos nuevos sujetos subalternos (obreros, migrantes, oficinistas, etc.) son “representados” a través de la voz del cronista. Éste es quien recupera esas voces silenciadas, olvidadas o ignoradas, se apropia de ellas y habla por ellas; por lo que el subalterno continúa silenciado, ya que él no habla, sino otro que no es él. En todo caso, se produce un proceso de mediación, traducción y/o transposición de aquellas voces que carecen de un espacio discursivo propio para expresarse.

En cierto modo, estas crónicas, al centrarse en lo marginal (lo cual no significa que excluye totalmente lo central) le proporcionan a ese nuevo subalterno un espacio discursivo mediado por el cronista en su función de “vocero”. El texto cronístico saca a la superficie lo que se hallaba desaparecido o había sido excluido de la mirada pública: personajes y sectores marginales, movimientos sociales “derrotados”, procesos culturales aún sin asimilar, momentos de sociabilidad colectiva (fiestas de carnaval, manifestaciones populares). Así, por ejemplo, con respecto al carnaval, sus crónicas expresan sus miradas diferentes con respecto a esta fiesta popular:

“El carnaval es la expresión de nuestra alegría. El ruido, el barullo, alejan tanta tristeza

que hay en nuestras almas, aturdiéndonos y llenándonos de placer.

Todos nosotros vivimos para el carnaval. Criadas, patronas, doctores, soldados, todos pensamos el año entero en la farra carnavalesca.

La zambomba es la que nos saca del espíritu las graves preocupaciones de nuestras arduas vidas.”9

“Me da bronca tener que escribir sobre el Carnaval. Nadie me obliga a escribir sobre este tema, pero ya me imagino a los alacranes diciendo: ‘Este tipo inactual bien podría escribir sobre algo de actualidad'. Y pensar en eso me da bronca, me da (...) He andado a patacón por cuadra por los corsos para ver cómo un pobre se divierte. Y se me ha caído el alma hasta los tamangos.

(...)

Se lo regalo al desfile pobretón. Minga de alegría. ¿Qué alegría?”.10

Ambos escritores experimentan el fenómeno popular del carnaval de distinta manera: Lima Barreto lo considera como algo propio y se refiere a él como ese fragmento de tiempo en el que el mundo cotidiano y normal de los cariocas se transforma en ese lugar donde las jerarquías sociales y la seriedad desaparecen para dar lugar a la vida festiva, a la libertad y a la risa. Para Lima, el carnaval es como lo concibe Bajtin (1993): “En el carnaval, todos participan. (...) El carnaval no se contempla ni tampoco se representa, sino que se vive en él (...)”. En cambio, Arlt se muestra como un espectador molesto frente al espectáculo de los corsos porteños; los considera degradantes, exponentes de la miseria y pobreza humana.

En definitiva, tanto en Lima Barreto como en Arlt lo otro (aquí lo marginal, lo popular, y todo aquello que carece de un espacio discursivo propio) aparece como sujeto, tema y problema de sus discursos. Tratan de hacer visible aquello que los medios de comunicación (especialmente la prensa obsecuente con el poder) y el discurso oficial opacan, pues consideran que todo aquello que se encuentra al margen es una evidencia del autoritarismo y de la oposición a éste. Salazar (2005) manifiesta que los sujetos que describen, además de representar los distintos tipos sociales que habitan y circulan en sus ciudades, son personajes que se encuentran en conflicto con la cultura dominante, con los valores y jerarquías simbólicas establecidas por ella.

Como viajeros urbanos, tienen miradas personales, percepciones particulares de un espacio-objeto que se presenta como homogéneo, abstracto, casi automatizado. Son miradas de extrañamiento, distantes y próximas a la vez. Ellos captan y atrapan al objeto en su exterioridad y lo transponen subjetivizado en la escritura. Rompen el cristal del escaparate urbano para denunciar su carácter artificial, de espectáculo de apariencias con intenciones de ser. Buscan descubrir en la fisonomía moderna de sus ciudades las máscaras de la deformidad. Y sus crónicas, desde su condición genérica menor, devienen espacios discursivos subalternos que ponen en evidencia los modos de sujeción y dominación que operan sobre los individuos marginales, aquellos que no tienen asignado ni ocupan un lugar en el sistema social.

Sus crónicas dejan constancia de aquellos acontecimientos “menores” que los discursos oficiales no han tenido en cuenta, y a través de una escritura considerada no perdurable, fijan la instantaneidad de lo imperdurable.

Bibliografía

ARLT, Roberto (1993) Aguafuertes porteñas. Buenos Aires, vida urbana. Buenos Aires: Alianza.

ARLT, Roberto (2008) Aguafuertes porteñas. Cultura y política. Buenos Aires: Losada.

BAJTIN, Mijail (1993) Problemas de la poética de Dostoievski. México: F.C.E.

BERMAN, Marshall (1982) Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad. Buenos Aires: Siglo XXI.

CASULLO, Nicolás (1989) “Modernidad, biografía del ensueño y la crisis (introducción a un tema)”. En Nicolás Casullo (comp.) El debate modernidad-posmodernidad. Buenos Aires: Punto Sur.

GARCÍA Canclini, Néstor (1995) Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad. Buenos Aires: Sudamericana.

HEFFES, Gisela (2008) Las ciudades imaginarias en la literatura latinoamericana. Rosario, Santa Fe: Beatriz Viterbo Editora.

LIMA Barreto, Alfonso H. (1956) Vida urbana. s/d.

RODRÍGUEZ PÉRSICO, Adriana (2008) Relatos de época. Una cartografía de América Latina (1880-1920). Rosario, Santa Fe: Beatriz Viterbo Editora.

SALAZAR, Jezreel (2005) “La crónica: una estética de la transgresión” en Razón y Palabra, N°        47,       octubre-noviembre.        México        DF.        URL:

www.razonypalabra.org.mx/anteriores/n47/jsalazar.html

1

Según Adriana Rodríguez Pérsico (2008), los textos funcionan como acontecimiento de una época, y durante la modernidad se puede encontrar distintos tipos de relatos, en los que hay miradas específicas, modernas. [...] que revelan algunas problemáticas bajo formas narrativas y ocultan otros conflictos. De esta operación de mirar surge una gama de géneros: el relato de viajes, el policial, las fisiologías, las crónicas de los periódicos, los tratados de criminología y de psiquiatría (p. 33)

2

3

Alfonso de Lima Barreto, “El nuevo manifiesto”, Correio da Noite, Rio, 16-1-1915.

4

Roberto Arlt, “Soliloquio de un ex diputado”, El Mundo, 3 de octubre de 1930

5

Roberto Arlt, “Pasaje Güemes”, El Mundo, 7 de setiembre de 1928.

6

A. Lima Barreto, “Sobre el desastre”, Revista da Epoca, 20-7-1917.

7

En los imaginarios latinoamericanos, el proceso de modernización europeo es considerado más moderado, menos “capitalista”, mientras que el norteamericano es el progreso por excelencia, desenfrenado y vertiginoso, plenamente dominado por el capitalismo.

8

Roberto Arlt, “Pueblos de los alrededores”, El Mundo, 31 de marzo de 1929).

9

Alfonso de Lima Barreto, “Morcego”, Correio da Noite, Rio, 2-1-1915.

10

Roberto Arlt, “Fiestas de carnaval, El Mundo, 4 de marzo de 1930.